|
Secuestro y muerte vs. Liberación y vida
Por Yadelcy Hamber Machado
El 5 de Abril de 2006 se cierra la odisea del secuestro de los hermanos Faddoul. A tres ángeles se les truncó su futuro (eligieron por ellos) Junto a su chofer y mientras que la familia intentaba encontrar el dinero, exigido por los delincuentes, fueron ajusticiados por la espalda. La tragedia nos sacudió profundamente. Un clamor ardoroso tocaba a todos.
Cuanta impunidad: que deficiente administración de justicia; poco equitativa y menos equilibrada. Como profesional de derecho (en la primera vida y profesión) doy fe de la incompetencia de los órganos correspondientes. Desorden tribunalicio: oficinas al estilo Kafkaiano; secretarios anquilosados; la costumbre del “¿cuánto hay pa´ eso?” que transforma, esa administración, en un negocio. También, con cada gobierno, el asunto empeora: se crean más estatutos, el proceso legal se complica y retardan las causas por ventura de la línea partidista de turno. Si no se tiene dinero (y bastante) o no se es amigo de un agente policial, secretario o Juez, conviene olvidarse de obtener algo de la mujer “justa” que ve por debajo de la venda, los billetes apilados al frente. Entonces: no hay culpables, en cárcel, pagando castigo; los encerrados (en sus casas y con horarios de salida) son las personas decentes. Consecuencia: la ausencia de castigo convierte, a éstos, en unos continuos hacedores de fechorías; en Venezuela “no se paga muerte”.
Resultado: hampa desbordada e inseguridad a cifras espeluznantes. Las muertes por atracos, robos y secuestros son espantosas (sábados y domingos) y se reitera durante la semana. En el día no se cuentan muertes, solo el sobresalto de las personas y su impotencia por haber sido arrebatados, de cartera o celular, en la violencia del metro o algún semáforo. Si bien es cierto que son tendencias de ciudades populosas, en Caracas, han generado un “auto-toque-de-queda”: la población (sin vehículo) no asoma por las calles a ciertas horas y los establecimientos, de ciertas zonas caraqueñas, tienen como tope las ocho de la noche. Hace poco era a las diez; se adelanta la hora por la desaparición de los cuerpos policiales o por creer que son más peligrosos que los ladrones.
Como efecto, tenemos un contexto de inseguridad jurídica y social, desbordada, con un ente gubernamental politizado y en constante pugna por no atribuirse responsabilidad, alguna, en la coyuntura. Declaran que la presente problemática es producto de las anteriores legislaturas, sustrayéndose responsabilidad: adjudicándosela a otros entes. Se toman medidas efectistas. Se habla mucho, se hace poco. Con un problema político que toca todo (desde hace más de ocho años) cercenando libertad de autonomía: es difícil estar ajeno a cualquier condición partidista y que eso sea respetado; toda actuación que no brinde loas a la actual gobernatura es tildada de golpista; y todo reclamo (coherente y justo) una bandera política de oposición.
Y es que mi visión es apolítica: la propia mirada está en las realidades sociales. El problema, en Venezuela (y por qué no, en América Latina) es de una gran envergadura social, que arrebatada por la dirigencia política —en una maniobra astuta pero sucia— ha degenerado en un colectivo, ignorante, que vende su conciencia con facilidad. La vigilancia, de quien suscribe, está en ese conglomerado que quiere vivir y evolucionar; notando las incontables dificultades para lograrlo y haciendo referencia a eso. Intentando aportar soluciones, tomaría el enjambre social, hasta alcanzar una de sus hebras y llegar al principio: que para mí es una toma de conciencia individual, que sumada a otras, produzca un verdadero cambio colectivo. Podría demorar décadas, pero es la única solución que, para mí, resolvería el problema desde la base.
Este 5 de abril se produjo un atolladero descomunal en la autopista Francisco Fajardo. Hubo un clamor con eco: por doquier se comentaba la misma noticia y había un sentir general de dolor —impotencia y rabia—. Lo social se fue a la calle: en la necesidad de gritar por tanta muerte injustificada y desdeñosa que se vive actualmente. Me entristecí por los padres de los pequeños, por la familia del chofer, por los cercanos de un periodista (muerto, también mientras cumplía su trabajo) y por tantas otras madres (solas y desconocidas) que han visto a sus hijos morir por balas perdidas, en guerra de bandas o atracos. Su clamor fue el mío porque me torturó la idea de que semejante maldad siga en libertad. La respuesta del gobierno deja mucho que desear: declaran que acompañan a la familia en su dolor; se adelantan investigaciones para luego aparecer “de la nada” con unos menores (presuntos culpables) después que habían transcurrido varias semanas de secuestro sin ningún tipo de sospechosos. Todas las declaraciones lucían vacías. Poco efectivas. Llenas de incompetencia. Detrás de las voces gubernamentales se escuchaba una interferencia que no podían silenciar —la evidencia sombría—: no se está haciendo nada para resolver el problema que se ha escapado de sus manos. Se nos está desangrando el país y parece que a nadie “con poder” le importa.
Tengo, solo sospechas, del origen de ésta energía de muerte y catástrofe que asola a los venezolanos. Nos llueven los problemas, las tragedias nos asedian y las destrucciones descomunales nos persiguen. Cuando esto ocurre, en mi vida, resulta que me compete aprender una dura lección y hasta que no la asumo, no cesa la hecatombe.
Debido a este menoscabo continuo, desde hace tiempo, me aferro a la vida en respuesta al cierre mortal de caminos. Asumo vida. Bebo esencia en cada delicioso festín. La experimento por mí y por aquellos que se consideran sin posibilidad. Advierto la energía vital a fin de constituir masa crítica y sostener la balanza a favor de más vida o paz. Me uno a la vida en cada latido y respiración para que ésta madre (y las silentes) puedan —algún día— sentir sosiego en su corazón y que esas muertes (malignas y sin sentido) generen enseñanza, suficientemente enriquecedora para creer que tenían razón de ser. La enfrento, para que los que vienen detrás entiendan (en algún oscuro sendero del camino) que solo ella es la respuesta para tanta muerte: vemos dos caras pero hay una sola moneda; esta mirada es una decisión; elección que se renueva a cada instante y latido. La propongo como centro de mis líneas y esencia de la experiencia del ser. Me lanzo de clavado en ella, no para escabullirme en el bullicio fiestero, sino para creer que este dolor (que también siento) no quede en el vacío; ver que este padecimiento va a un prado a mojar tierra lacerada para multiplicar vida: bendiciendo a la muerte con génesis. Incrustarme en la vida para que la guadaña pase de largo: no tome la mía o de mis seres queridos. La engrandezco en cada pasadizo de su ruta: la subida, una mirada y su dolor para saber que el padecimiento, detrás de estos actos, es un enigma que nos compete comprender. Uniéndome a ella derroto la ignorante muerte que se desconoce, como un paso más de la propia vida latiendo en oscuridad. Susurro a todos: ¡Brindemos para que la vida, en su efímera y presente vulnerabilidad, se dilate y enjugue lágrimas! Para llegar a otras esquinas oscuras donde la parca, que no se sostiene sola, se recoja espantada del poder que significa sentirnos vivos.
|